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Salir en televisión ¿es rentable?

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Nuestro país vive una época dorada de programas de televisión de talentos y telerrealidad.

 

El formato prototipo es aquel que, dentro de un número limitado de aspirantes, un jurado decide entre un selecto grupo de finalistas quién se corona como ganador tras uno o dos meses de emisión semanal.

 

Después están los programas de telerrealidad en los que es la audiencia la que decide el futuro de los aspirantes.

 

Sea de un tipo o de otro, los concursantes que deciden participar se llevan una experiencia que en muchas ocasiones es muy diferente de lo que esperaban encontrar.

 

La Voz, Top Chez, Masterchef, Factor X, Operación Triunfo, Pekín Express, Número Uno, Gran Hermano, Supervivientes, Mujeres y hombres y viceversa, etc., todos ellos son programas que se nutren del contenido que emiten sus participantes. Un contenido que, a su vez, abastece a otros programas de la misma cadena, orientados a captar los mejores momentos, controversias, polémicas, grandes momentos, etc. de ese programa madre, rentabilizando asi la inversión que la cadena hace con un sólo programa semanal.

 

Los participantes, concursantes, aspirantes, cuando deciden participar ¿son conscientes de la gran repercusión que tendrán sus actos, sus decisiones, lo que digan o hagan durante la emisión del programa en el que participan? Probablemente la respuesta es sí. Probablemente saben que su participación irá más allá de lo que se emita en las dos horas semanales en las que aparecen. Probablemente también sepan que, en la medida que sean capaces de trascender el programa en el que participan y logren aparecer en alguno más, consigan el objetivo que perseguían ellos mismos: dar juego, es decir, ser un producto de televisión rentable para la cadena. Hacerlo o no tiene connotaciones de logro o fracaso, convirtiéndose en el segundo objetivo principal después de ganar.

 

Pero todo esto, que quizá sería la versión positiva del efecto tele, en ocasiones no sucede. Para desgracia del concursante, en muchas ocasiones su imagen no es la que espera mostrar. La televisión usa su imagen como un producto y eso significa que en ocasiones no cuida los intereses de cada uno de ellos. La emisión es una losa de la que es imposible escapar. Una vez emitido, por mucho esfuerzo que se haga, quedar bien o mal está muy unido a una suerte tan escurridiza como lo es lanzar una moneda al aire.

 

Veamos algunos ejemplos que ejemplifican la gran variedad que nos brindan estos programas:

 

Hay grandes momentos de televisión para algunos concursantes y, por supuesto, para la audiencia. Se espera de ellos que impacten, sea porque tienen mucho talento o porque su historia tiene un tirón indiscutible:

El caso de Pablo López Morales es un ejemplo. Mexicano, sin familia, con una historia desgarradora personal que le llevó a buscarse la vida después de ser rechazado también por sus padres adoptivos. Cojo, visiblemente afectado por una vida difícil, entre otras cosas, porque vive en la calle, se presenta al programa México got talent. Nadie espera lo que va a suceder.

 

 

 

 

Christopher Maloney, un joven increíblemente nervioso, se presenta a The X Factor después de varios intentos en los que al final decidía no hacerlo. De la misma manera que Pablo, nadie espera que detrás de tantos temblores sea capaz de conmover a todo el mundo.

 

 

 

Parece que para ellos salir en televisión fue todo un éxito.

 

Por el contrario, las amigas Abby y Lisa van al mismo concurso pero para lo contrario, hacer el ridículo delante de todos. La cosa no se queda en que canten mal, el show que montan es verdaderamente bochornoso:

 

 

Nuestra pregunta es: ¿Los organizadores del programa no lo vieron venir? Parece imposible. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué dejar que salgan, se peleen y monten un espectáculo tan lamentable? Quizá ya hayamos respondido a esta pregunta: audiencia.

 

La audiencia es un dato y hablar de cómo conseguirla nos llevaría a pensar en si los medios justifican los fines. Nos queremos reir, nos queremos sorprender, queremos entretener sea porque la televisión nos ofrece calidad o porque nos muestra las miserias que también están ahí.

 

 

Masterchef España nos dio esta joya de los fails en televisión. Muestra cómo alguien supuestamente preparado puede, nunca mejor dicho, meter la gamba.

Tal y como acaba admitiendo él mismo al final, después de esto lo mejor que puede hacer es desaparecer durante mucho tiempo. Ha quedado retratado delante de miles de personas en directo y millones por la trascendencia que el momento tiene.

Somos depredadores de ambos extremos. Compartimos lo mejor y lo peor. Cuando sucede es un milagro. Imagino que el programa en principio no pretende que suceda esto, pero si pasa pues, mira, mejor. Al fin y al cabo, las pruebas tienen un objetivo explícito: discriminar entre el gran nivel que presentan los concursantes. El implícito es que suceda esto de vez en cuando. Si lo pensamos, es extraño que no suceda más. Quizá la adrenalina es el gran aliado de muchos concursantes.

 

 

 

 

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